viernes, 25 de enero de 2019

Hugo

Hugo fue un niño flaco y desgarbado a quien siempre cuidé mientras estuvimos en el colegio; sus brazos podías abarcarlos con tus dedos índice y pulgar, unas piernas raquíticas y una maraña de pelo que parecía nunca peinar. En definitiva, el perfecto espécimen que nunca sería aceptado por los demás, el paria del colegio. 

Todos querían molestarlo o golpearlo. Muchas veces recibí trastazos de otros chicos, algunas veces tuve que dirigirme a la dirección por pelear con otros al defenderlo; yo era algo así como su guardaespaldas y me gustaba serlo, era un buen chico y gran amigo. 

Compartíamos nuestros almuerzos en el descanso y también las labores escolares. Qué decir de sus conocimientos para álgebra y biología, todo un nerd; digamos que era algo así como su retribución por mis servicios de protección.

Hace tres semana tuvimos examen de historia para el segundo consolidado, bastante complicado para mi, aunque pasé junto a Hugo muchos días estudiando (aún no entiendo cómo podía caber tanta información en una cabeza tan pequeña), se me hicieron complicadas las preguntas 4 y 8 del cuestionario. Hugo por su parte terminó la evaluación en tiempo record y luego de esperar unos quince minutos a que el resto de inútiles sin coeficiente intelectual que eramos sus compañeros terminara, pidió al maestro permiso para ir al baño, - no demores, en cinco minutos te quiero acá - le dijo el señor Rotawinsky - vale - contesto Hugo, haciendo la pose de un militar saludando a un superior con la mano derecha sobre la frente, salió hacía el baño y el resto de nosotros prosiguió con su labor.

Sólo nos fijamos de su ausencia cuando el profesor nos dijo que teníamos cinco minutos para entregar y que si alguien sabía si el tonto de Hugo tenía rota la vejiga porque ya llevaba más de 30 minutos en el baño. Apareció en la puerta del salón la directora Sandra (a quien llamábamos vulgarmente nariz de zancudo) y le dijo al señor Rotawinsky que la acompañara a la dirección urgentemente, me miro de soslayo y me dijo - tú también Morales, acompañame - de inmediato mi mente caviló alguna pelea pasada y sentí que estaba en problemas. Nos dirigimos los tres en dirección a la dirección (valga el pleonasmo), yo detrás de la directora y el profesor y los escuchaba entre voces como decían que era algo vandálico lo que sucedió, pensé que era mi final y me expulsarían del colegio. 

Al llegar a la oficina de la directora, todo el piso estaba mojado y había un horrible olor a mierda en el ambiente, cuando entramos en su despacho, ahí estaba Hugo; su enmarañado cabello estaba todo mojado y con trozos de mierda al igual que su uniforme, tiritaba de frío y lloraba de ira, vi como se deslizaba una pequeña fracción de excremento por su rostro lleno de espinillas, tuve que salir a vomitar pues no pude aguantar lo que mis ojos veían. Cuando terminé de expulsar todo el sandwich de atún con jugo de naranja, confundidos en una amasijo de vomito y al salir ya sólo bilis de mi boca regresé a la oficina de la directora, ahí estaba el profesor intentando calmar a Hugo y limpiándolo junto con la señora del aseo, minutos después llegó su madre, quien dijo que demandaría al colegio por esto y por todos los años en los que su hijo había sufrido maltratos.

Hugo no volvió por casi dos semanas al colegio, yo ya no podía ir a su casa a verlo o a llevarle las tareas, ni siquiera contestaba mis llamadas. Cuando lo vi llegar tarde ese lunes, con gabardina al puro estilo "Expedientes X", pensé que era un chico nuevo a quien habían trasladado desde otra institución. Levantó curiosidad entre aquellos que íbamos tarde al salón y lo alcanzamos a ver, entró al baño y yo me dirigí a mi respectiva aula. No pasaron más de diez minutos cuando escuchamos el primer disparo; por la ventanilla de la puerta podíamos ver niños y profesores corriendo despavoridos, sonaban más disparos, pero eran acallados por los gritos de aquellos que huían. El profesor Rotawinsky nos pidió calma mientras él revisaba la puerta, al no ver nada nos pidió salir en orden y dijo que corriéramos lo más rápido posible. Cuando salí, reconocí a Hugo en su gabardina, no podía ser, era un niño especial y amable, el mejor amigo de todos, cómo podría estar haciendo esto. Me separé del grupo y fui a intentar detenerlo, mientras en las afueras ya se escuchaban las primeras sirenas ulular. Al cabo de un rato lo encontré, tenía arrinconado a sus tres agresores, aquellos malnacidos que lo levantaron de los pies y lo introdujeron en el sanitario número 4 del baño de niñas, los tres habían cagado en este y no lo vaciaron porque ya tenían todo preparado para hacer sufrir a Hugo, sabían que sería el primero en acabar el examen, sabían que pediría permiso para ir al baño, los muy hijos de puta convirtieron a un niño decente en eso, un maldito majareto que se proponía matarlos.

Los tres chiflados, como se me ocurrió llamarlos en ese momento, estaban cagados de miedo, dos se habían orinado en sus pantalones y uno le rezaba a su deidad pidiendo que no lo dejara morir ese día, que él quería tener hijos. Le grite a Hugo para que no les fuera a hacer daño, que se calmara, él me miró y me apunto con su arma, me preguntó qué estaba haciendo yo cuando esas tres mierdas lo hicieron comer sus mierdas, que yo debía estar ahí para protegerlo, pero no lo estuve y ahora ellos merecían morir y después moriría él porque no iba a ir a la cárcel por esas tres mierdas. Intenté razonar con él, pero en menos de un segundo un olor a pólvora inundó el pasillo. Ahí yacían los tres chiflados, cada uno con un disparo en la cabeza, ya no volverían a molestarlo, no volverían a molestar a nadie. Se puso el arma en la cien, le rogué y le lloré para que no lo hiciera, que él era mi mejor amigo, que me diera el arma y saliera corriendo, que pasaría como un estudiante más y los policías no lo verían, entre sus sollozos comprendió que aún yo lo cuidaba, dejó su arma en mis manos y salió a correr dejando en el piso la gabardina. Yo me quedé unos segundos pensando qué hacer, qué diría cuando saliera con esa arma en mi mano.

Minutos después comencé a caminar sosteniendo el arma, llegué a la puerta de entrada, abrí el portón y logré ver muchos policías, alumnos y maestros desperdigados por los alrededores del colegio, vi a Hugo al lado de Rotawinsky, quien me miró con atemorizado respeto (será que no recordó que fui yo el último en entrar al aula), segundos después escuché a Hugo gritando - CUIDADO, ÉL FUE QUIEN LOS MATÓ, TIENE EL ARMA EN LA MANO -, lo último que sentí fue algo caliente y punzante atravesando mi pecho, no vi que policía disparó, sólo vi la sonrisa satisfactoria de Hugo al darse cuenta que me abatían.

No hay comentarios:

Publicar un comentario