Cada vez que atendía un cliente en su domicilio, el pago se doblaba, ni que decir si me pedían uno que otro caprichito. Muchos clientes prefieren ir al lupanar donde trabajé ya que es más discreto, la entrada es reservada y sólo después de una minuciosa revisión de tu vida y la de ellos, puedes pisar sus baldosas de mármol griego, sentarte en sus muebles Charles Bettion o tomar una fina copa de Chatte Lattouise del 32, las chicas no podríamos darnos el lujo de pedirla por nuestra cuenta, pero de vez en cuando un político, un empresario o uno de esos riquillos del Internet nos obsequiaban una, obviamente no era gratis, mis tetas y mi cara eran las que llevaban la peor parte al tener que pagar con una sonrisa fingida por la deliciosa copa de vino.
Eran las 9pm cuando llegó esta mujer; era hermosa, casi como vislumbrar un diamante hecho de carne y hueso. Sus ojos azules como el mar, sus mejillas terminando en unos huequillos angelicales cuando sonreía, sus cabellos tan negros como la noche en la que apareció, su cuerpo tan esbelto y perfecto, que nuestras costosas cirugías nos hacía ver como simples vagabundas delante de ella.
Todas quedamos atónitas al ver que incluso la madame se inclinó para besarle las manos a tan hermoso ser. Charlaron dos minutos y madame Clarisse nos llamó a todas las que estábamos disponibles para desfilar frente al ángel de cabellos oscuros. Nunca antes había estado con una mujer y siempre me negué a hacerlo cuando madame Clarisse me lo solicitaba, pero esa vez fue diferente, no quería que me pagara por darle mis servicios, quería ser yo quien la compensara por tenerla a mi lado aunque fuera por un momento.
Entre todas las chicas me escogió a mi; el destino es muy extraño en cuestiones del deseo y ese día el deseo me había dominado. El negocio se había concertado por diez veces mi precio normal, muy extraño, quizás, pero no importaba lo que me fueran a pagar por el servicio, tendría el placer de estar con ella, con mi musa, la mujer que me hizo desearla desde el primer momento.
Llegamos al hotel donde se hospedaba, sencillo para alguien de su alcurnia, pero a la vez muy discreto; me preguntó si quería algo de comer antes de empezar, yo sólo quería sentirla en mi, fundirme en su aroma y abarrotarme con su sexo. Le sugerí muy decentemente que se había cancelado por un servicio y que lo otro no tenía porque ser ofrecido, pero la realidad es que estaba tan húmeda pensando en como me iba a follar que cualquier cosa era una frivolidad y moría por tenerla. Subimos a su cuarto, una habitación modesta con una cama king, había muchos juguetes sexuales en la habitación (como nos dañó cincuenta sombras de Grey).
Me pidió que me desnudara y me acostara, me ató las manos y las piernas mientras se desnudaba. Sus pechos firmes, su abdomen plano y perfecto, su vulva rosa y tal vez virgen, ante tanta belleza me desmayé.
Luego de eso sólo pude ver mi cuerpo inmóvil, diez hombres me penetraban, mordían y apuñalaban, a mi cuerpo lo golpeaban y le habrían nuevos orificios por donde meter sus asquerosos penes. A ella la vi sentada, desnuda en un sofá, tocándose, disfrutando lo que veía. Estaba tan hermosa y perfecta, tal como la vi el momento antes de morir.
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